ヨーロッパへの窓

★★★★★★

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うさぎの島

La isla de los conejos

エルビラ・ナバロ

Elvira Navarro

Elvira Navarro (1978) studied Philosophy. She has published La ciudad en invierno (Caballo de Troya, 2007), La ciudad feliz (Literatura Random House, 2009), La trabajadora (Literatura Random House, 2014) and Los últimos días de Adelaida García Morales (Literatura Random House, 2016). Her work has been awarded with the Jaen Literary Award and Premio Tormenta Prize in the ‘Best novel author’ category.
Her last work is La isla de los Conejos (Literatura Random House, 2019). She was listed in the renowned magazine Granta’s Top 22 Spanish-speaking narrators under 35 years old. In 2014, El Cultural magazine selected La trabajadora as one of the top books written in Spanish that year. In 2019, El País newspaper supplement Babelia included La isla de los Conejos in their yearly literary top 10. La isla de los conejos won the Andalusian Critics Choice Awards in 2020 and was longlisted for the National Book Award.
In 2015, Elvira worked as a publisher for Caballo de Troya. Her work has been translated into English, French, Swedish, Italian and Turkish.

La isla de los conejos

Elvira Navarro

Construyó una piragua y quiso probarla en el Guadalquivir. No le interesaba el deporte. Tampoco había hecho la piragua para usarla a menudo; sabía que, en cuanto explorara las isletas, la dejaría en el trastero o la vendería. Él se definía como inventor, aunque a las cosas que fabricaba no se les podía llamar inventos. Sin embargo, había empezado a calificar como tales todo lo que pergeñaba, pues no usaba manual de instrucciones. Su método era descubrir por sí mismo lo necesario para elaborar lo que ya estaba hecho. El proceso le llevaba meses y lo consideraba su verdadera vocación. Inventaba lo que estaba inventado. Conseguía con ello un placer parecido al de los senderistas que los domingos van al monte y alcanzan una cumbre, y se preguntaba por qué la realización personal era algo tan extraño. Por las mañanas, el falso inventor trabajaba como maestro en una escuela de artes y oficios sin sentirse realizado, a pesar de que sus enseñanzas resultaban útiles para sus alumnos.

Desde niño había deseado ir a las lenguas de tierra que penetran en el mar, o a las islas que nadie habita. En una ocasión, cuando tenía dieciocho años, sus padres le invitaron a Tabarca con la promesa de que era una isla desierta. Él creyó que iban a pisar mero matorral, pero se encontró con siete calles de casas humildes, una muralla, una iglesia, un faro, dos hoteles y un pequeño puerto. Probablemente sus padres exagerasen con que no había nada en Tabarca para convencerle de que se fuera con ellos de vacaciones —no les gustaba que se quedara solo en casa—; no obstante, tal vez nunca hubiesen entendido a qué se refería cuando hablaba de lugares deshabitados.

Era difícil contar las mejanas de la parte del Guadalquivir que bordeaba la ciudad. Algunas se confundían con pequeñas penínsulas. Una mañana de septiembre caminó hasta el muelle con su embarcación y se echó al agua. Estuvo varios días tomándole el pulso a la nave, y tras dominarla, comenzó a explorar el río. Llevaba semanas sin llover. El caudal iba escaso, tranquilo, apestoso. Recorrió el perímetro de las islas con una mezcla de desasosiego y estupor, sin ser capaz de arrimar la piragua a la orilla. Dudaba de sus habilidades para maniobrar con rapidez, temía que la tierra no fuera firme en las márgenes, resbalar y que la piragua se le escapara. Además, le espantaba regresar a nado, apretando los labios para no tragar miasmas, y viendo tanta naturaleza junta, la vegetación abigarrada y vibrante de insectos, la capa de excrementos de pájaro, el lodo. Lo que había creído bello no eran más que árboles torcidos por el peso de las aves, o quizás por alguna enfermedad, así como colonias de bichos y arbustos comidos por la inmundicia. 

Al quinto día de deambular con la piragua, decidió recorrer la curva del Guadalquivir. Remar hacia el sur le permitía no perder de vista las lomas suaves de la campiña. Por allí las islas eran diminutas, más ásperas, y estaban muy juntas, como un sarpullido. Las rodeó trabajosamente; en la última se encontró el cadáver de un hombre flotando entre los juncos. El muerto yacía boca abajo, en calzoncillos; la piel de su espalda se levantaba formando ampollas del tamaño de una mano. No supo si las ampollas se debían al sol, que todavía achicharraba en septiembre, o a que el cuerpo estaba tan lleno de líquido que se había deformado. El río hedía. Llamó a protección civil y los agentes llegaron en una dingui con la que era imposible abrirse paso entre los juncos. En la dingui portaban una canoa; mientras un policía gordo se montaba en ella, él se acercó a la lancha y pidió permiso para irse. No quería presenciar cómo arrastraban al fiambre. Le amilanaba que se diera la vuelta y descubrir unas entrañas en carne viva, devoradas por los peces.

El episodio del muerto le mantuvo varias jornadas alejado del río. Luego volvió a dar su paseo vespertino alrededor de las islas, y un día, después de haberse atrevido a pisar la más cercana al muelle, decidió habitarla. Se dijo a sí mismo que estaba harto de vivir en la urbe, y también que le excitaba hacer lo que nadie hacía. Aquellas no eran más que dos ideas peregrinas con las que a veces recorría las calles de su ciudad, que se le antojaba demasiado obsesiva, una espiral que le abducía hacia el centro. En verdad, no podía dar ningún motivo que explicara su decisión de ocupar aquel pedazo de tierra estrecho y nauseabundo, que le haría sentirse aún peor que en la ciudad.

Aunque se tratara de la isla más próxima a la ribera, la espesura impedía ver su interior. Limpió de matorral el centro, taló árboles cuyos troncos eran tan delgados que parecían cuerdas. ¿Cómo esa madera enclenque sostenía una copa de un verdor pletórico? Decidió montar una tienda de campaña roja en vez de verde militar. La tienda se aislaba bien, pero él no esquivaba el pánico a despertarse cubierto de insectos. Pensaba que, durmiendo en alto, se resguardaría de las larvas que pululaban por el suelo ciegas, ofuscadas en la profanación de la tierra, y que parecían intuir a sus depredadores. Las aves las atrapaban con facilidad: metían el pico bajo la arena y hurgaban. Constituían una fuente de comida inagotable; sin embargo, los pájaros no se alimentaban siempre de ellas. Quizás no resultasen lo suficientemente alimenticias por estar hechas sólo de agua, y había que buscar insectos más sofisticados y nutritivos. Una tarde examinó una. La puso en su mano, donde el animalito danzó sobre sí mismo. Al apretarle un poco con el índice, estalló como un globo diminuto.

No dormía en la isleta todas las noches; eso le habría vuelto loco. Le bastaba con amanecer allí un par de veces a la semana. Cuando pernoctaba en esa mancha del Guadalquivir, escuchaba un zumbido durante la madrugada. Salvo si las lechuzas atacaban, los pájaros permanecían callados, y sólo se oía el aleteo de los que eran expulsados de algún álamo. Estaban muy apretados; al ahuecar la cabeza bajo el ala y ensanchar el buche, los que ocupaban los extremos de las ramas se caían. El zumbido que le torturaba no se debía a estos estertores del sueño, sino a la chillería de las aves en el ocaso al buscar sitio en los árboles, tan brutal que imposibilitaba hacer un cálculo aproximado de cuántas acudían a aquel mísero terruño. Le parecía que eran miles. Piaban de tal modo durante una hora que el sonido se le quedaba dentro, y ni enchufándose los cascos con el volumen al máximo lo mitigaba; incluso salía de la tienda para ahuyentarlas a voces, pero la jauría no reparaba en su presencia. Era como un trozo de alga en mitad del océano; las aves quizás lo confundían con un pájaro ridículo. Acababa con la garganta dolorida de gritar, y no quería confesarse a sí mismo que algo en él se liberaba mientras vociferaba haciendo muecas grotescas. A menudo perdía la noción del tiempo y seguía aullando en plena noche, cuando los pájaros estaban ya callados; entonces los escasos paseantes de la ribera miraban hacia la isla creyendo que los alaridos eran de algún animal.

Los pájaros iban a la mejana a dormir, a criar, a morir. Todo estaba lleno de nidos y de cagarrutas, y cuando el falso inventor volvía a su casa, no conseguía deshacerse del olor a excremento, ni siquiera duchándose. Por lo visto, aquellas aves blancas eran una plaga. Se lo había dicho un viejo que pescaba en el embarcadero. Le preguntó al viejo por el nombre de los animales, pero éste no supo indicárselo. Estuvo buscando información en internet y no encontró nada. Ojeó una guía de la fauna del Guadalquivir; los pájaros de su isla no coincidían con ninguna de las garcillas descritas. No investigó más; al fin y al cabo, hallar a qué especie pertenecían no modificaba su decisión de convertirse, durante un par de veces a la semana, en un ser que bramaba contra unas criaturas que le ignoraban, que se dormían a pesar de que les lanzaba furiosas piedras. Ni se dignaban mirarle cuando la cólera le hacía agitar los troncos enclenques de los árboles. Las copas se movían de un lado a otro, y a veces este movimiento se tornaba violento; el vaivén de ramas trasmitía la impresión de que unos fornidos costaleros llevaban la isla a hombros.

Con el paso de las semanas, el falso inventor se convenció de que su ocupación era un acto de justicia. ¿Por qué tenía que pedir permiso para habitar un sitio vacío? Estimaba incomprensible que el resto de las isletas siguieran vírgenes, pero eso no era lo que le parecía peor; lo intolerable era la falta de curiosidad de los habitantes de una capital donde vivían más de trescientas mil personas. ¿Entre tanta gente sólo él se molestaba en visitar lo que había delante de sus narices?

Empezó a dejar dinero en la tienda de campaña para ver si alguien lo robaba. Si bien los piragüistas que remaban por el Guadalquivir no tenían por qué ser unos ladrones, debía de haber maleantes al acecho, algún vagabundo hambriento que sin duda birlaría su generoso billete. Comprobó a diario si los cincuenta euros seguían allí. Y así era. Nadie cogía nunca ese dinero. Nadie ponía un pie en su isla.

Cuando no inventaba lo que ya estaba inventado, el falso inventor hacía instalaciones a las que no llamaba arte. Por ejemplo, les había quitado la piel de tela a diez perros de juguete que ladraban mientras movían las patitas delanteras y encendían sus ojos. Luego había colocado la piel sobre las patitas y metido a los perros en una jaula para conejos. Urdió un mecanismo para accionar a los perros con un mando a distancia. Cuando sus amigos iban a su casa, él le daba al botón del mando. Diez perros de juguete despellejados ladraban mientras movían sus patitas hacia atrás sobre su propia piel, encendiendo unos ojos amarillos.

Sus amigos le sugerían vender aquella instalación a alguna campaña para la protección de animales y él se encogía de hombros. ¿No habrían explotado ya otros su idea? En el fondo, pensaba que, si se le había ocurrido a él, era porque la había visto en algún sitio, aunque no se acordara. Por eso se negaba a que alguien considerase arte sus instalaciones. Le aterrorizaba exponer y que se comentara en voz alta que sus obras no eran más que una copia. No sabía por qué le temía a esa crítica, si al fin y al cabo no creía en la novedad y argumentaba largo y tendido al respecto, aun cuando no fuese capaz de recordar de dónde procedían sus apropiaciones. Además de la jaula llena de perros de juguete, eran suyos un circo de pulgas mecánicas en el interior de una alacena, una sandwichera fabricada con dos planchas de la ropa con la que derretía queso añejo sobre las manos de sus invitados cuando celebraba alguna fiesta, una pila de libros sobre la que se había acumulado el polvo durante más de veinte años —lo que cubría los libros eran ya pelotas de porquería—, y cuya importancia estribaba en que ese polvo contenía células muertas de todos sus familiares, ya fallecidos.

Fue la jaula de conejos donde tenía los perros de juguete lo que le llevó a la ocurrencia de soltar conejos en la isla para ahuyentar a los pájaros. Resolvió no quedarse más noches a dormir. Ya había gritado lo suficiente. Mantendría la tienda de campaña para ir a observar a los conejos y echarse la siesta. El otoño estaba avanzado, habían atrasado la hora; ya no era un despropósito remar a las cuatro de la tarde y recibir la fresca en el río, cuyo caudal seguía tan hediondo como en verano debido a la sequía. Compró veinte conejos, diez machos y diez hembras, que se reproducirían a gran velocidad. En la isla pronto no habría alimentos para ellos. El falso inventor supuso que los nuevos moradores atacarían los nidos que había en el suelo cuando no tuvieran qué comer. Si los pájaros no podían criar en la isleta, se irían a otra.

Los conejos eran muy blancos y de largas pelambreras. Tenían los ojos rojos, le habían costado más caros que si los hubiese comprado grises o marrones, pero estimó necesario que compartieran el mismo color que las aves. Se dijo que poblar con ellos la isla era su forma de seguir habitándola. Acabó por permitirles entrar en la tienda, donde preferían estar, sin duda porque les mantenía a resguardo del sol y porque la tierra no valía para hacer madrigueras. En la tienda se pusieron a parir gazapos sin pelo que parecían ratas.

En cuanto los conejos devoraron los matorrales, los nidos fueron vaciándose de huevos, manjar que parecía gustarles especialmente, pues en más de una ocasión presenció peleas por roer las finas cáscaras azuladas. No se peleaban, sin embargo, por los polluelos, y para el falso inventor estaba claro que comer esa carne recién nacida era algo que hacían a su pesar, con cierta tristeza, como si sus obtusas inteligencias reaccionaran frente a aquella situación cruel. Su actitud, se decía, estaba acorde con la humanidad que representaban, que no era otra que la de él, su dueño. Tal vez por ello le sorprendió que, a pesar de los escrúpulos iniciales, luego no dejaran ni los huesos, como habría hecho cualquier persona. Atacaban con sus incisivos los buches de las criaturas, y un cerco de sangre tiznaba, del mismo color que sus ojos, sus hocicos temblones y los finos pelos de sus bigotes. Cuando habían acabado con la carne, frugal, pasaban largos minutos royendo los esqueletos, haciendo un ruido peculiar, de ramas secas quebrándose. Se comían incluso el pico, y al terminar se acicalaban hasta que el pelaje volvía a lucir blanco.

Mientras el festín tenía lugar, las aves volaban alrededor lanzando angustiosos graznidos. Aguardaban durante horas en el lugar del crimen, como si su prole fuera a aparecer tras una piedra. Al falso inventor le resultaba curioso que no se les ocurriese atacar a los conejos. Sería sencillo para ellas arrancarles los ojos con sus afilados picos, pero aquellas maniobras grupales debían de ser ajenas a sus instintos.

No calculó que los gazapos nacidos allí jamás habrían comido otra cosa que carne y huevos, y que aquella desnaturalización habría de acarrear alguna consecuencia funesta. Durante un tiempo más, las aves fueron lo suficientemente tontas, u osadas, como para seguir anidando en la isla, pero cuando los nidos comenzaron a desaparecer, el falso inventor se dio cuenta de que también lo hacían las camadas de conejos. Una mañana fue testigo de por qué desaparecían: sus congéneres se las comían. Le horrorizó aquel espectáculo y se deshizo de la idea de que esos animales fueran una extensión de su persona. Es más: se le antojaron una plaga, igual que los pájaros, y si siguió yendo a visitarlos, fue porque se sentía culpable de abandonar a aquellas bestias a las que había envilecido.

Un día probó con el pienso. Los conejos se limitaron a olisquearlo, y luego se entregaron a encuentros sexuales que poseían un punto morboso. Habían aprendido a reproducirse para comer, y eso multiplicaba los apareamientos. El falso inventor se dijo que la necesidad aceleraba la gestación. Todos se alimentaban cada vez que una hembra daba a luz; cuando acontecía el silencioso parto, los conejos acechaban a la parturienta como si también cupiera la posibilidad de comérsela a ella. Puesto que ya no demostraban interés por los nidos de las aves, estas volvieron a anidar.

La tienda de campaña se veía desde la ribera. A él le daba igual. Lo que había en ese pedazo de tierra no era demasiado distinto de los campamentos que los rumanos y los mendigos levantaban bajo los puentes de las circunvalaciones. Mientras no molestaran, nadie les prohibía que durmieran allí. Su isla quedaba lejos del conjunto monumental que se atisbaba desde el otro lado del río. Tenía enfrente el final de la ciudad, donde, además de pisos nuevos y feos, sólo había un centro comercial junto a un estadio que nunca fue importante. Él también era visible cuando estaba en la mejana, y algunos niños le saludaban desde el pretil y le pedían a gritos que les llevara en su piragua. El falso inventor les contestaba moviendo enigmáticamente la cabeza. La atención de los niños le envanecía y le preocupaba al mismo tiempo. No quería que supieran lo que estaba pasando con los conejos, que se adivinaban desde el mirador; eran como pequeñas pelotas blancas chocando unas con otras. Por las noches, si había suficiente luna, el resplandor de sus pelajes se confundía con el de los pájaros, y daba la impresión de que las aves dormían en el suelo.

Los conejos jamás se comían a sus crías fuera de la tienda. Parecían saber que transgredían una ley. Y aunque verlos alimentándose de sus descendientes encogía el alma y los tornaba abyectos, cuando se estaban quietos se hacía evidente que había algo en ellos hipnótico, majestuoso, que se acrecentaba con el paso del tiempo, y que quizás guardaba relación con actuar contra natura. Tal vez habían dejado de ser conejos, pensaba, o de algún modo sabían que estaban protagonizando lo que jamás había pasado de esa manera en su raza. A ratos al falso inventor le atribulaba su desaparición, y entonces se olvidaba de las circunstancias por las que aquellos seres habían acabado zampándose a sus hijos. El acontecimiento relucía como un hecho puro, sin causas; un hecho llamado a inaugurar un nuevo mundo. Todo esto ocurría a la sordina, porque aún no había un lenguaje para una realidad que empezaba a dar sus primeros pasos. El falso inventor se limitaba a seguir yendo a la isleta y a contestar con recelo a las peticiones de los infantes de ser llevados en su piragua. Por las noches, en el caserón heredado de su abuela en el que vivía, soñaba con los padres de estos niños, oía sus voces como si fueran una turbamulta que le aplastaba mientras las habitaciones se llenaban de agua y del color azul de las piscinas. Se decía que aquello era una vulgar obsesión de la que saldría cuando decidiera abandonar a esas criaturas, y sólo por algunas actitudes de su cuerpo, de repente estático junto a sus conejos, era posible concluir que comenzaba a sentirse como uno más entre ellos. Quizá su pelo, súbitamente encanecido, lograría el blanco fabuloso de esos animales ya sagrados, y sus ojos, ensangrentados por pequeños derrames que el oculista atribuía a una persistente conjuntivitis, acabarían sanando cuando enrojecieran por completo.

Un día el falso inventor desmontó la tienda de campaña y dejó de ir a la isla. Los habitantes de los pisos de la ribera se preguntaron qué habría sido de aquel loco dedicado a criar unos conejos que murieron a las pocas semanas de su desaparición, y cuyos cadáveres formaron un bonito manto blanco.